Conocí a Everardo González un jueves caluroso en la sala de prensa de la 38 edición del Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG), un festival que el propio cineasta vio nacer y crecer y al que acude año con año. En 2023 volvió con su más reciente film, Una jauría llamada Ernesto, una película que cuenta las vivencias de las infancias y adolescencias armadas en México.

 

Yaheli Hernández: Primero que nada, muchas gracias por el espacio. Estaba pensando que esta entrevista partiera desde lo básico, digamos, de más a menos, de lo general a lo particular. Por eso quería empezar por preguntarle qué es para usted el documental. 

Everardo González: Bueno, pues esta es la manera en que me gano la vida, conceptualmente. El documental es el registro y la narrativa audiovisual en torno a lo real, ya que parte de ahí. La interpretación a una mirada personal de eso que es la realidad y la parcialización de la verdad

YH: ¿Por qué quiso hacer cine documental? 

EG: Porque cuando hice la primera película documental en 2003 (La canción del pulque), me sentí cómodo entendiendo los nuevos formatos que estaban existiendo en ese momento. Era el momento de la digitalización del cine y me sentí cómodo de no depender de grandes estructuras de producción. Y porque era un momento en que se filmaban diez películas al año en México y no había espacio para muchos de nosotros. La primera película justo en este festival en 2003 fue la catapulta para que yo me dedicara por los siguientes 20 años a hacer documental.

 

YH: Leí en una entrevista que usted decidió hacer cine no tanto por una cuestión estética sino por una cuestión social. 

EG: Lo que pasa es que el cine no puede ir disociado de la estética. Lo que sí es que a mí particularmente me interesa la parte social del cine. Me gusta la parte política del cine, no solamente lo vistoso que pueda ser el cine. Pero pues la ética y la estética van de la mano.  Por supuesto que la estética es fundamental y por eso mi trabajo ha tenido visibilidad también a partir de su tratamiento estético. 

Entonces no, yo creo que más bien a lo que quizá me quise referir es a que me interesa, como a los cronistas, dejar un testimonio de los momentos históricos del país que me toca. Por eso es también el tema de lo violento, porque no es que yo tenga una fascinación solo por eso, sino que es lo que le toca a mi generación contar, desafortunadamente. Si no lo contamos nosotros, pues no lo estará contando nadie más

 

Lo que pasa es que el cine no puede ir disociado de la estética. Lo que sí es que a mí particularmente me interesa la parte social del cine. Me gusta la parte política del cine, no solamente lo vistoso que pueda ser el cine.

Everardo González

 

YH: Yendo un poquito para atrás, me parece que antes de Una jauría llamada Ernesto, su película anterior fue Yermo, ¿verdad? Yermo fue una cosa más, no sé si lo puedo decir, como más de viaje. 

EG: Sí, de viaje, de experimentación en la imagen, de construcción a partir de pocas preconcepciones. Sí, muy distinto, porque el proceso también es distinto. Y porque no dejaba de ser una obra que me habían encargado. No nació de mí la obra, más bien yo me apropié de ella, pero el proyecto nació de alguien más. 

YH: ¿Cómo fue eso? 

EG: Me contrataron para hacer un detrás de cámaras de un artista visual. Yo sentí que no funcionaba eso para lo que me contrataron, y sugerí hacer lo que yo creía que estaba haciendo. Lo aceptaron, pero tuve que reconstruir a partir de materiales que solo eran el escenario de lo que me habían pedido. Entonces viene un ejercicio de producción libre.

 

Hombre filmando a un grupo de personas de mujeres y niños en el desierto. Es Everardo González.
Everardo González en la filmación de Yermo.

 

YH: ¿Y de ahí cómo va de nuevo otra vez en Una jauría llamada Ernesto

EG: Lo que pasa es que nunca se empieza una cuando se termina la otra. Las películas normalmente van como cabalgándose. Ya son procesos que tienen tiempo de inicio. Esta película por ejemplo ya en un proceso de financiamiento tiene siete años por lo menos. 

Este proyecto está casi en paralelo a cuando yo estrené La Libertad del Diablo. En general los procesos se entrecruzan. Porque una película, por lo menos como las produzco yo, toma entre cinco y siete años para verse terminada. Si no las hiciera en paralelo tendría que esperar mucho tiempo. Así llegó Una jauría, un proyecto que venía más bien amarrado a esta necesidad del relato de la sociedad de pie violenta mexicana. Ahí es donde viene. 

 

Porque una película, por lo menos como las produzco yo, toma entre cinco y siete años para verse terminada. Así llegó Una jauría, un proyecto que venía más bien amarrado a esta necesidad del relato de la sociedad de pie violenta mexicana

Everardo González

 

YH: Un documental, como una pieza de no ficción, implica que los personajes que están ahí son personas de la realidad. ¿Cómo es trabajar con este tipo de personas? 

EG: Tiene sus límites. Uno no tiene que moldear necesariamente a las personas, pero sí tiene que construir a los personajes. Porque no deja de ser simplemente una forma narrativa del cine. Es una forma de narrar, y de construir otra cosa que no existe. Pero en mi caso la manera de acercarme tiene que ver mucho más con el entendimiento de que es la pieza más relevante de la obra cinematográfica. Quizá lo que para la ficción son sus intérpretes, sus actores. Para mí pues es el hombre o la mujer comunes. El hecho de que sean comunes establece otra manera de acercarse porque no hay acuerdos contractuales por ejemplo. Hay acuerdos de confianza. Esa idea de respetar la confianza es algo que dicta completamente mi trabajo. Hay un contrato de respeto. 

En el caso de proyectos como este son contratos que si se cruzan se arma desmadre. Se pone en riesgo al equipo, a la gente. Es tener buena onda y entender que uno está negociando con gente que no le gusta negociar. 

Fotograma de documental Una jauría llamada Ernesto de Everardo González donde se ve tres hombres de espaldas
Fotograma de Una jauría llamada Ernesto, de Everardo González.

YH: ¿Cómo se acerca a estas comunidades?

EG: Pues con colaboradores. Yo tengo un equipo muy sólido hace muchos años de investigadores. Gente que está muy especializada en temas de crimen organizado, tráfico de armas o manejo de víctimas. Y a través de ellos voy accediendo a estos universos, reflexionándolos y luego construyendo las piezas. 

YH: Otra cosa que también quería saber, ya hablando de esto, es qué sucede después del documental. Se filma, se trabaja con esta comunidad y luego… 

EG: Pues esto. Se va los festivales. Se estrena la película, se ve ya como una obra terminada, se busca su salida. Y luego se va a las fiestas. Se hace una estrategia de lanzamiento. Se organizan espacios en donde el tema se discute, lo importante de lo que toca la película. Tiene una vida distinta a la del cine de ficción que básicamente llega a la sala en el escenario del entretenimiento. Aquí, digamos que esa es la última consecuencia. 

Pero en los previos se generan una serie de espacios en donde la película es útil, no como pieza cinematográfica, sino como una herramienta de discusión, de posible transformación de las comunidades mismas. 

YH: Desde mi perspectiva como espectadora, fue justamente La Libertad del Diablo la que, digamos, por lo menos en esta ciudad tuvo más impacto y fue una película que se consumió más. A pesar de que es una película que se estrenó en 2017, ahora sí que el ambiente de violencia que retrata se ha vuelto cada vez más cruento. 

EG: Ahorita aquí en Guadalajara están pasando cosas espantosas. Eso es importante, mientras celebramos afuera se están cerrando calles exigiendo el fin de la desaparición forzada de personas o feminicidios. 

 

Fotograma de la Libertad del Diablo de Everardo González. Hombre con máscara y de torso desnudo mirando al frente con mujer con máscara de perfil de fondo.
Fotograma de La Libertad del Diablo.

YH: ¿Cómo este tipo de documentales como La Libertad del Diablo, como Una jauría llamada Ernesto, se posicionan en este entorno cada vez más violento? 

EG: Yo creo que es lo que ocupa los desvelos de quienes nos dedicamos a lo que yo hago. Si la obra que construimos ayuda o no en algo para transformar socialmente un país. Y aunque yo no tengo eso como una premisa porque se vuelve una camisa de fuerza, es decir, que la obra se vuelve un medio cuando la película tiene que ser un fin en sí misma. 

Yo procuro que la película se vuelva útil, más allá de lo que va a ser su proceso de comercialización, intentar eso y así es como me posiciono. Procuro que la película se pueda entregar en las comunidades en donde es útil, en donde pueda ayudar a que se genere cierta reflexión, discusión. No solamente entretenimiento, porque no puede ser visto esto como entretenimiento meramente.

Ahora, los desvelos son porque casi nunca se puede lograr porque el cine y el mercado están de la mano. Y al mercado no le gusta la reflexión. Siempre es una pelea compleja en la que se deben ceder muchas cosas y en otros espacios se puede tener concesiones, pero no es fácil. Y bueno, siempre lo más importante es que la vea la mayor cantidad de gente porque si no es vista la película no transforma nada. 

Por eso estos espacios son valiosos. Cada quien tiene su razón de venir a un festival de Guadalajara o Morelia o lo que tú quieras. Pero para mí lo importante es porque es el lugar en donde naturalmente voy a encontrar un público que le interesa lo que yo hago, que no lo voy a encontrar en el centro comercial.  Eso ayuda a que la película sea un poco más visible, cuando encuentra la salida. 

 

Es lo que ocupa los desvelos de quienes nos dedicamos a lo que yo hago. Si la obra que construimos ayuda o no en algo para transformar socialmente un país.

Everardo González

 

YH: Me comentaba uno de mis compañeros de la editorial que cuando filmó Cuates de Australia y la presentó aquí en el festival anteriormente, les comentaba que fue un poco complicado entrar a la comunidad y trabajar con ellos. ¿Cómo se ha adaptado a las circunstancias cuando está grabando una película? 

EG: En mi caso es como cuando eres nuevo en la secundaria y no conoces a nadie, pero todos se conocen. Primero es complicado, cómo lograr que el otro entienda por qué un equipo de chismosos se va a meter a su casa con una cámara. O cómo hacer para que la cámara no se vuelva una herramienta intrusiva o agresiva. Porque una cámara es agresiva, pues. Por las connotaciones que sabemos que tienen o porque siempre estamos muy vulnerados y expuestos cuando somos registrados. 

 

 

El primer reto es romper con eso porque la gente se acartona. La gente se siente incómoda cuando se sabe registrada. Y después uno de los retos fuertes es que seas aceptado por una parte importante de la comunidad para que no haya traición. La gente debe tener, por lo que hablaba ahora, derecho a decidir si quiere o no ser registrado. 

Y después la parte más complicada quizás es lograr un equilibrio entre lo que la realidad dicta y la opinión de quien la cuenta. A veces creo que el error está en que pesa más la opinión de quien la cuenta que la realidad, que lo que dicta la propia realidad. A mí me gusta más adaptarme a lo que dictó la realidad que a meter permanentemente mi opinión de las cosas. Son películas que tienen más preguntas que respuestas, este es un reto porque quedan irresolutas.

YH: ¿Cómo ha sido para usted hacer documental en México o Latinoamérica?

EG: Al principio complicado porque era muy poco valorado el documental. Era hasta despreciado, filmar era más difícil. El paso de los años ha hecho que filmar o financiar documentales sea menos complicado porque las posibilidades también cambiaron. Los equipos se redujeron. Lo que se hacía con una cámara que costaba 200 mil dólares se hace con un teléfono hoy, así que se ha vuelto mucho más accesible.  El reto ahora creo que está en tener espacios de ejercicios de libertad creativa. Eso está cambiando mucho porque ahora los financieros son el mercado. No es la idea que entendíamos de la injerencia de lo público y no público. 

 

 

Hoy el cine está volviendo a eso que ocurrió en Estados Unidos hace mucho, a una herramienta del mercado y del entretenimiento. Ahí los documentalistas estamos en un limbo complejo. Por eso hay tanto cine de crimen, solo se quiere hablar de casos policiales, de asesinatos, cine en el que hay pocos retos y es muy comercial para los públicos que les gusta. 

Es un reto cómo conservar la identidad creativa, la trayectoria, la opinión, la libertad. En un espacio que cada vez está dictándose más por el número de ventanas que logras, el número de espectadores que logras, que hoy son de millones. Hoy una serie logra cuatro millones de espectadores en un fin de semana. Una película documental exitosa en salas lograba trece mil en un mes de corrido. Eso es lo malo. Como hay mucho dinero para quien genera dinero, el riesgo está en convertirnos en una herramienta de entretenimiento que legitime su espacio. Eso es difícil.

YH: Y si pensáramos en el futuro, ¿cómo ve ese panorama de producción de documentales? 

EG: Mira, yo pienso que el documental tiene muchas bondades. Sobre todo en América Latina porque siempre es convulsa. En esa convulsión siempre hay drama. En ese drama siempre hay narrativa. Entonces siempre habrán películas. 

Ahora veo complicado que cada vez estos espacios como los festivales de cine se van reduciendo más y más, hasta ser pequeños clubes sociales. Y frente al monstruo del mercado eso no se puede. Entonces el reto fuerte, como lo veo, es hacer una batalla por el reconocimiento como ocurrió hace veinte años, buscando su espacio y su reconocimiento dentro de estas nuevas ventanas, que solo buscan suscriptores y entretenimiento. 

 

Sobre todo en América Latina porque siempre es convulsa. En esa convulsión siempre hay drama. En ese drama siempre hay narrativa. Entonces siempre habrán películas. 

Everardo González