Muy joven para tener una columna y muy viejo para tener una cuenta de booktok. O ninguno o ambos o tal vez muy perezoso para cualquiera de las dos. Leer es uno de mis pasatiempos preferidos, quizás en un sólido tercer lugar luego de cocinar y jugar videojuegos. La cosa acá es que leer es tal vez el pasatiempo que más reconocimiento me ha dado entre mis pares y, el acto que le sigue, escribir, es uno de los que más me ocupa el tiempo mental, ese pequeño diálogo que a veces me hace pensar en las operadoras telefónicas de hace bastantes años moviendo cables de un lado a otro, como si en mi cabeza mi propio operador estuviera continuamente tratando de conectar canales de sensaciones y texturas de palabras.

Luego de coincidir con Yaheli Hernández, una de las colaboradoras de DESNOS en un canal de Telegram donde compartimos libros, ella me propuso escribir unas recomendaciones de lectura para todxs ustedes.

Panza de burro (2020), Andrea Abreu – Editorial Barrett

No recuerdo dónde ni por qué vi nombrada esta novela, pero desde que leí el título Panza de burro quedé cautivado. Son los burros tal vez el animal más calumniado de México, no dejo de pensar cómo su nombre era un sinónimo de tonto, de poco adiestrado, de necio, flojo, glotón y toda otra sarta de ofensas que parecían mínimas de tan acostumbrados que crecimos a la violencia.

Pienso en burros y pienso en la infancia: desde el pequeño burro que estaba de modelo para fotografías en el parque cerca de la casa de mis padres; hasta el burro de la colonia Atlas de Guadalajara, a unas casas de con mi abuela, al que le llevábamos las hojas tiernas de maíz para que comiera en esos fines de semana que hacíamos tamales de elote.

El libro de Andrea Abreu, o al menos en la edición que yo encontré, poco después de una nota biográfica de la autora arroja una semblanza similar sobre la editora, quien autora también, está participando del ejercicio que propone la editorial de ser editora por una novela, como quien juega a ser otra cosa, otra persona por un día, y no es para menos, dudo que un libro con una temática y un registro tan particulares pudieran lograrse sin la editora correcta.

Portada de un libro Panza de burro fondo verde

Panza de burro resonó muy fuerte con mi nostalgia: la protagonista es una niña que crece en una comunidad hispanohablante a principios de los dosmiles, le fascina la comida y le da a las personas adultas el halago que tanto quieren para conseguir un fisquito de aquello, un fisquito de esto otro.

Esta niña se siente desplazada, segunda, más público o herramienta entregada para su amiga Isora, más un Krillin que un Gokú. Seguido las niñas tienen dolores de estómago y la cagalera, además de jugar Pokémon y pasar la tarde escarbando agujeros en el cerro están enfrentándose al gran salto epistémico del mundo, el acceso de la información a todas horas en todas partes… o como el caso de Isora y su amiga: a unas cuantas pesetas la hora en el cibercafé del barrio o las clases de computación del colegio.

El primer gran atractivo de esta novela entiendo que para algunas personas puede ser un obstáculo a su vez: Andrea hace una novela que raya en la autoficción, no sabemos qué tanto de esta historia pudo vivir ella y sí sabemos mucho de cómo estas niñas perciben el mundo, de cómo a través de su lengua, un español canario que se revuelca, se ensucia, salta y se transforma como Isora y su amiga, una novela que a través de una infancia que se apresura por pisar el territorio adulto cuenta una historia optimista y juguetona, una historia que lo sabe todo del amor porque escribe las canciones de Romeo Santos en una libreta.