Un joven de espaldas camina hacia una casa donde saluda a varios amigos. En la pantalla solo se ve de espaldas, su cabeza desde atrás: la nuca, las orejas, la parte de atrás del cuello. Así empieza Una jauría llamada Ernesto, del director mexicano Everardo González. El resto de la imagen, el fondo (todo lo que no es es el personaje), se ve desenfocado. 

 

Una voz en off platica sobre su vida. Es un joven que antes era sicario, tal vez cuando tenía doce o trece o catorce años. Una pantalla oscura aparece después de su testimonio. De repente vuelve la luz a la pantalla —o más bien vuelve a la vida— y aparece otra persona o mejor dicho otra nuca. Es otro joven que también era sicario o traficante de armas. Así la misma dinámica con diferentes personajes. Van apareciendo joven tras joven, a veces mujeres, en la pantalla que se oscurece cuando uno termina su testimonio, sin embargo no así algunas veces la música o las voces o las voces con música.

Como mencionaron en la entrevista post película, Everardo González es muy poético. A pesar de que lo que se muestra es un documental sobre la violencia, lo que vemos en pantalla tiene una estética visual que impacta por su originalidad. Ya se demostró en Cuates de Australia y Yermo que cuando el cine documental de Everardo González quiere ser poético lo es. Y en Una jauría llamada Ernesto lo demuestra, pero ahora en una temática que parece ser una continuación de La libertad del Diablo. Tres ritmos coexisten en esta hora casi veinte: el de las imágenes, el de la narración y el de la música. A veces los tres convergen y se crea una escena memorable.

 

Fotografía de hombre de perfil. Es Everardo González.
Everardo González, director de Una jauría llamada Ernesto.

 

Recuerdo cuando dos jóvenes en moto, que vemos sus nucas en todo el recorrido que hacen en el vehículo, mientras narra uno de ellos cómo le dispararon a los integrantes e la banda contraria <<little punks, según el subtítulo en inglés de la película>> en represalia por la muerte de su papá. ¿Por qué hacerlo con ese efecto de point on view? Una cuestión estética, pensaba cuando vi el trailer de la película. “Es por que soy fan de los videojuegos””, dijo el director, “tal vez algo que me une con la generación de los que retrato”. “Esa es la perspectiva de los shooters, estos juegos donde se dispara, quise plantearlo de esta forma porque da la sensación de que esa violencia es como un juego, como la mayoría de esos niños que empezaron a entrar a ese mundo por juego, por tener una pistola en las manos”, algo así dijo Everardo.

 

“Esa es la perspectiva de los shooters, estos juegos donde se dispara, quise plantearlo de esta forma porque da la sensación de que esa violencia es como un juego, como la mayoría de esos niños que empezaron a entrar a ese mundo por juego, por tener una pistola en las manos”

Everardo González sobre Una jauría llamada Ernesto

Hombre con un arma, fotograma Una jauría llamada Ernesto

Ejemplo de videojuego shooter
Everardo González se inspiró en la perspectiva de los videojuegos de shooters para crear Una jauría llamada Ernesto.

 

No quiso mostrar a jóvenes ya desalmados, recordó, por lo que podemos ver en el documental que en algunas de las narraciones aparece la culpa, el lamento, la redención. En otros, como una etapa más que quieren superar. Sin embargo, muchos de los niños que se ven en las imágenes, no los que están narrando sino los que aparecen de frente, los desenfocados, con sus armas, se ven seducidos  por ese mundo, como en su momento lo sintieron estos que están contando sus vivencias.

 

Joven con gorra de espaldas a hombre con un arma. Fotograma de la película Una jauría llamada Ernesto.
Uno de los jóvenes narradores de Una jauría llamada Ernesto. Los personajes que aparecen de frente salen desenfocados.

 

Dinero, armas, carreteras, luces, consumo de drogas, se repite cada cierto tiempo. ¿Everardo González quiso que el público se sensibilizara y se lamentara por la situación que ve? ¿la infancia corrompida en un país corrompido? No. El cine documental verdadero no debe tener juicios de valor. Esto es lo que hay, dice el cine documental. Y es lo que hay, dice Una Jauría llamada Ernesto: violencia, tráfico de armas, reclutamiento de jóvenes usados como armas de cañón en un ciclo interminable, un capitalismo voraz, policía metida, corrupción de México, corrupción de Estados Unidos. Todo esto en, repito, una hora veinte. Todo esto en un país.